Soy Inés

Trabajo con personas que buscan recuperar equilibrio en medio del caos,
volver a escucharse y recordar lo que les importa de verdad.

Todo empezó con 16 años… y unas cuantas vueltas más

Tenía 16 años cuando pensé por primera vez que quería dedicarme a ayudar a los demás. Escuché a una psicóloga hablar de su trabajo y lo vi claro: yo quiero hacer eso. Ser esa persona que da calor cuando la vida se enfría.

Pero mientras trataba de imaginar qué camino tomar, otra cosa empezó a tirar de mí con fuerza: las lenguas. Cuanto más me metía en ellas, más me fascinaban. Al final, elegí estudiar Traducción, que me permitía seguir aprendiendo, explorando y entendiendo otras formas de ver el mundo.

Durante años trabajé como traductora. Me encantaba buscar el tono justo, entender qué quería decir alguien y cómo decirlo en otro idioma. En el fondo, era otra forma de acercarme a las personas, de comprender cómo piensan, sienten y actúan.

Pero con el tiempo empecé a echar de menos algo: el vínculo directo, los cuidados.

Al cabo de un tiempo, algo empezó a picar por dentro. Como una etiqueta que al principio no molesta, pero termina haciéndose insoportable. Me sentía vacía, aunque hiciera un trabajo que en teoría me gustaba.

Empecé a rebuscar en los cajones de mi cabeza: ¿qué quería hacer con mi vida laboral? Enseguida me di cuenta: «con mi vida laboral, ni idea, pero igual un proceso de terapia para empezar no estaría mal.»

Fue un proceso largo e increíble, con sus altos, sus bajos, sus «para qué me haré yo esto» y, sobre todo, sus «madre mía, la mejor decisión de mi vida.»

Durante ese tiempo me quedé embarazada y empecé a formarme en asesora de crianza. Quería para mi hija lo mismo que yo estaba empezando a vivir: un espacio seguro, sin juicio, donde poder ser una misma.

Lo que empezó como algo personal acabó siendo una vocación. Gracias a esa formación entendí que quería algo más: acompañar con mayor profundidad, y no solo en temas de crianza.

De las palabras a las personas

Pero ya no vivía en España, ni tenía 18 años. Y aquí, en Austria, el camino es distinto.

Los psicólogos se centran sobre todo en evaluación y diagnóstico. Y para acompañar a personas en procesos de cambio, crisis o búsqueda personal, la vía más adecuada es otra: formarse como psychologische Beraterin, una figura profesional reconocida dentro de las profesiones sanitarias, parecida a lo que en español podríamos llamar terapeuta humanista.

No es fácil explicarlo en España. Si digo que soy terapeuta, muchas personas asumen que soy psicóloga.
Pero no lo soy. Soy psychologische Beraterin, counselor, o terapeuta, si prefieres un término más reconocible.

Lo cierto es que, después de tres años de formación intensiva, 750 horas de consulta con clientas reales, supervisión, y 150 horas de proceso terapéutico propio (además del que ya llevaba a mis espaldas), ofrezco un acompañamiento profesional, serio y comprometido.

Acompaño desde lo humano y lo profesional a personas que atraviesan crisis, bloqueos, decisiones difíciles o búsquedas vitales.

Mi trabajo no se centra en el tratamiento de diagnósticos clínicos —para eso hay otros profesionales especializados—, pero sí puedo estar contigo en todo lo demás: en lo que pica, lo que no encaja, lo que pide espacio y otra mirada.

Y si durante el proceso descubrimos que lo que necesitas se aleja de lo que yo puedo ofrecerte, no te dejaré sola. También es parte de mi trabajo ayudarte a encontrar el espacio adecuado para ti.

Muchas vueltas que me llevaron de vuelta al inicio

En resumen: me llevó 10 años y varios proyectos fallidos encontrar mi lugar, que era muy parecido al sitio del que partí: ayudar a los demás, acompañarles en un proceso de terapia a encontrar estabilidad y calor en momentos difíciles.

¿Habría sido más feliz estudiando Psicología desde el principio? Ni idea. ¿Me arrepiento de haber estudiado Traducción? Ni de broma.

Amo las lenguas: me dieron de comer, disfruté mucho de ese trabajo durante los primeros años, conocí a mi pareja y, en buena parte, vivo feliz en Austria gracias a aquella elección.

Pero que te guste trabajar de ello y que te apasione ayudar a los demás tanto que casi lo harías gratis son dos cosas muy distintas.

Le agradezco mucho a la vida y a la Inés de hace unos 6 años haber abierto este camino.

No soy psicóloga.

No soy coach.

No soy gurú, aunque venero a Noemí Argüelles.

Soy terapeuta, asesora de crianza y una profesional comprometida con el bienestar emocional de las personas con las que trabajo.

Y sí: a veces lo que necesitas no es tanto entenderlo todo, sino tener un lugar donde parar y volver a escucharte.

pincel acuarelas

Qué hago cuando no estoy trabajando

Amo la naturaleza. Ahora que no vivo junto al mar —y lo echo de menos casi cada día— vivo junto al bosque, que también tiene su gracia. Eso de que un día se acerque un ciervo y otro día oigas un cuco le da bastante alegría a la vida. Y vivir las estaciones con esta intensidad también tiene algo especial.

Me encanta leer, meterme en otros mundos, explorar otras vidas, comprender que hasta el villano más villano tiene un porqué detrás.

Amo todo lo creativo, aunque no siempre soy tan constante como me gustaría: escribir, pintar, hacer collage, journalear… Y, sobre todo, acumular cositas preciosas de papelería.

Y disfruto muchísimo de una buena conversación, de esas que mezclan profundidad y risas hasta que me duele la barriga.

Y las croquetas.
Sobre todo las croquetas.

No te acompaño porque lo tenga todo claro, sino porque sé lo que es no tener ni idea y seguir caminando.

Ya sé lo que parece, pero no es una palabra de esas que, si pronuncias tres veces delante de un espejo, se te aparece un gatito.

Es una figura profesional reconocida oficialmente en Austria como parte del sistema de salud no clínico. Se trata de una formación reglada de tres años, con teoría, supervisión, 750 horas prácticas con clientas reales y un proceso terapéutico propio obligatorio.

Una psychologische Beraterin acompaña de forma profesional a personas sin diagnóstico clínico en momentos de crisis vital, búsqueda personal, toma de decisiones importantes o dificultades emocionales.

No diagnostica ni trata trastornos clínicos (eso lo hacen psicólogos y psiquiatras), pero ofrece un acompañamiento terapéutico profundo y seguro, centrado en la persona, con enfoque humanista y mirada integral.

Eso es lo que hago hoy. Y si estás en un momento en el que necesitas hablar, parar, pensar, o simplemente estar acompañada, aquí estoy.

Aquí estoy si quieres hablar.